miércoles, 14 de diciembre de 2011

Mis letras muertas.


A ti mis letras muertas.

Muertas por que no sale sonido de sus bocas, no así de la tuya.

Muertas por que esperan que les des vida con tus labios. Con tus anhelos, tus recuerdos y tu voz.

Muertas de sueño por la espera, de cansancio por mis dedos que no escriben.

Muertas por que estaban conmigo, aburridas de mi dolor me han pedido regresar a ti, para que vivan en tu boca y ya no en mi recuerdo, que está muerto por tu ya larga ausencia.

Te las devuelvo para que vivan, para que sueñen y un día puedan volverse a escribir. Te las dejo, para que contigo puedan vivir. Te las dejo, por que solo hablan de ti.

A la puerta.



L
a verdad es que no esperaba encontrarte, no de esta manera, es tonto pensar como sucedió todo. Ahí estaba yo, tocando tu puerta cuando de repente saliste de tu casa. No puedo más que imaginar la cara de tonto e ingenuo que debí poner al mirarte. ¿Cómo esperaba no encontrarte si toqué a tu puerta? En mi locura imaginé que no saldrías jamás, que no habría nadie, que me equivocaría de casa y no vivirías más ahí, y por más cosas que pensé que podrían salir mal no pude evitar ir y tocar a la puerta. Esa puerta testigo de tantos besos y arrumacos que no son más. Una vez le compuse un poema, el cual por supuesto no recordaba. Ni ese ni la vasta cantidad de palabras que siempre inundaban mi boca. Todas ellas se habían escondido en mi estomago. Yo creo que ahí estaban por que ahí es donde se sentía el movimiento cuando te vi. Bueno, ahí y en mi pecho. Pero creo que lo de mi pecho era más bien por que me faltaba el aire por la impresión de verte. Y tú hecha una furia no parabas de verme con esa cara de sorpresa y enojo; por un momento creí que empezarías a gritar pero no, solo oí un portazo y tu voz gritando que te dieran el teléfono para llamar a la policía, ¿La policía? ¿Se había cometido un crimen y yo no me enteré? Creo que de mi rojo inicial al verte ahora brincaba a un blanco pálido del susto de parar en la cárcel, gotas frías caían por mi frente mientras ordenaba a mi cerebro correr pero mi cuerpo se negaba a obedecer, había tocado esa puerta que tanto me aconsejaron no tocar, hasta que pude distraerlos y persuadirlos, y ya estando aquí me abandonaron en protesta de decir: te lo dijimos. La patrulla llegó y yo seguía congelado, un hombre canoso con un gran bigote y una gran arma recargada en su pecho al lado de su placa me preguntó: ¿Está todo bien? Solo atiné a voltear un poco y decir: Si. Recibimos una llamada de que alguien molestaba en esta casa, ¿Sabe usted algo? No se si fui tonto o profundamente honesto pero no supe más que decirle: Yo toqué esa puerta por que amo a la mujer que vive ahí. El hombre me dijo que empezara a caminar y no volviera a tocar jamás, que era bastante obvio que ella no me quería cerca, balbucee y empecé a caminar después de dar las gracias por el consejo. Voltee para ver si me mirabas por la ventana pero no, no estabas ahí. Estaba solo, triste y llorando. No, no lloraba, era lluvia. Estaba tan asombrado de verte que no había notado que empezó a llover. Estaba empapado y solo podía pensar en tus grandes ojos negros y tu voz y toda tú gritando. Quise despertar pero no era un sueño, realmente te vi y realmente me odiabas, al menos supe que no había sido un sueño el conocerte. Y ahora estoy de nuevo, frente a la puerta, decidiendo si dejaré esta carta o tocaré de nuevo. Creo que tocaré y la entregaré personalmente. Solo espero que al menos dos palabras no caigan a mi estomago ni se aniden en mi pecho impidiéndome respirar. Solo espero poder decir: Te amo. Y después poder dejarte marchar.

La despedida.



S
ubí al tren y miré por la ventana; el reflejo me mostraba un semblante lánguido y cansado, con ojeras a punto de consumir esos ojos, ¿Cómo podía ese ser yo?; la lluvia asomaba en el horizonte, dando a ese rostro reflejado un aspecto melancólico y gris; el día pintaba triste, aunque los días anteriores habían sido soleados y calurosos. Que días aquellos los que se habían ido. Aunque hacía tiempo de esos días aún había esperanza de que terminara así, aunque mis ánimos no eran alentadores.

Entre un momento y algunas horas el sol había derramado en el cielo, se había revelado rompiendo las nubes y derramando un hermoso aroma en el aire; olía a humedad y a flores, olía a ti; un olor más que curioso para un día de principios de invierno en el cual no había planes de verte. Una sonrisa se dibujaba en el reflejo del cristal mientras las ojeras desaparecían, nuevamente desconocía al tipo del reflejo, era el rostro que tenía en uno de esos días cuando estabas tú. Entonces, sin aviso de ningún tipo ni esperándolo, subiste; tú, quien me había roto el corazón y habías dado un vuelco a mi vida; el viento traidor se robó mis nubes para traer tu sol y tus aromas; subiste al tren despidiendo ese olor tan tuyo a café tostado, ondeando tu castaño cabello ahora más largo que antes, con esa mirada tan profunda que taladraba mis sentidos; me miraste y sonreíste; te acercaste con ese caminar lento y dijiste hola; atiné a levantarme, patoso y torpe como siempre, con unas ganas muy ansiosas y muy mal disimuladas de abrazarte y decirte cuanto te amaba aún, pero no lo hice; mi espíritu cobarde asomó la cabeza y me dejó solo besar tu mejilla mientras me apartaba de nuevo a mi rincón, aquel que me servía de guarida mientras te observaba embelesado sentarte frente a mi; lo cual estuvo bien, por que alcancé a notar que no venías sola.

Detrás venía Rubén, tu novio; moreno, desgarbado y más bajo que yo, con un cierto aire incierto a vándalo, aumentado mi desagrado por el hecho de estar ahora contigo, no parecía tan mala persona, pero nunca terminaba de gustarme. Detrás venía Marina, alta, delgada, más delgada aún que la última vez que la vi; de piel blanca, grandes ojos y grandes cejas, algo más de ojeras, vestida, como siempre, de negro, con su siempre amable sonrisa; detrás venía María, a quien solo conocía por boca tuya; morena, no alta, no baja, muy normal a simple vista, aunque extraordinaria según tú, ya habría oportunidad de comprobarlo.

Presentaste a Rubén y a María, saludé a Marina y nos sentamos juntos.

El lugar no era espacioso, pero cabían con soltura cuatro personas sentadas frente a frente, aunque nos las arreglamos para sentarnos los cinco sacrificando un poco de comodidad; te sentaste frente a mi, a mi lado Marina y Rubén a tu lado, María en una orilla luchaba por no salirse del asiento aunque tú y Rubén no ocupaban mucho espacio; y aunque él no paraba de abrazarte la plática se volvió amena y pronto llegó el momento de bajarme, al hacer intento de despedirme tomaste mi mano encima de la mesita que nos separaba rogando me quedara; expliqué que era importante llegar a donde iba. Explicaste entonces el motivo de tu viaje. Salías fuera de la ciudad para no volver.

Mi vida se había llenado de color por verte y ahora nuevamente se ensombrecía por la idea de no verte más. Toda posibilidad de algún futuro contigo manchaba mi horizonte con ahora cercanas nubes grises, ensombrecidas por la duda de si volvería a verte alguna vez, podía sentir su humedad y sombra esperando por mí en esa parada, y aunque era realmente importante llegar a donde tenía que ir, no pude vencer la tentación de seguir disfrutando de ese sol y aroma que solo llegaba cuando estabas tú, así que decidí acompañarte.

El viaje duró más de un día, dejé los rencores atrás y pude hacerme amigo de Rubén, Marina fue tan divertida que no pude recordar la última vez que reí tanto y Jessica en realidad casi no habló; todo se le fue en sollozar de vez en cuando y mirarte con mucho amor, un amor tan tierno que me hizo entender el por qué la considerabas extraordinaria; ella te amaba con un amor profundo y dulce. Más eras tú quien me tenía sorprendido; todo eran risas y diversión, no parecía en lo absoluto que fueras a separarte de tu novio y tus mejores amigos, ni siquiera parecías triste por dejar de ver a tu familia, era como si lo que te esperara fuera tan grande que no importaba dejar una vida atrás, como si te hubiese resignado totalmente a ello.

El viaje fue muy extenso pero en ningún momento cansado, llegamos a tu destino y caminamos a donde vivirías de ahora en adelante. Tu paso era más lento de lo habitual, sin embargo era fuerte, dulce, admirable. Marina y María te miraban con amor mientras Rubén se quedó atrás un poco, entendí que esperabas que te acompañara en esos pasos cuando te tomaste de mi brazo con una calidez y arrojo que nunca sentí cuando estábamos juntos, no lo entendí más lo aprecié y te tomé la mano mientras caminábamos juntos en esa nuestra soledad por ese camino blanco a casa.

La casa, salvo por los muebles esenciales y unas lámparas que en ese momento me parecía daban mucha luz, estaba vacía; después de casi dos días por fin pudimos tener un momento a solas y aunque todos salieron, no te encontraba por ningún lado.

Revisé la casa con ánimo de conocerla, pero más con ánimo de encontrarte; era grande, amplia, cálida, como siempre habíamos soñado que sería el lugar donde viviríamos juntos, con ventanas amplias por todas partes y mucha luz; sentí un extraño deseo de quedarme en ella contigo, pero supe que no podía ser. Fue extraño encontrarte en la bañera, totalmente seca y con la ropa aun encima, como esperando lo que iba a pasar.

Por primera vez desde el vagón pude ver un dejo de tristeza en tu mirada, me acosté a tu lado y no dijimos nada; estuvimos ahí un rato, compartiendo sin hablar. Me mirabas con ternura y amor, una lágrima resbaló en tu mejilla izquierda mientras tu boca hacía una mueca por no llorar. Te veías tan valiente, tan única, que entendí el por qué te amaba tanto. Supe que me amabas también aunque ya no estuviéramos juntos, te acompañé al final del camino ¿No es así?  Pronto, cual horrible costumbre, arruiné el momento rompiendo el silencio, casi a punto del llanto te pedí que regresaras, que te quedaras conmigo, que olvidaras todo y comenzáramos de nuevo. Rompí en llanto confesando que te amaba. Que aún con mi corazón roto te amaba. Me miraste; tu mirada, lánguida y cansada se posó en mí; me abrazaste y no dijiste nada. Pude sentir un te amo y un gracias en ese abrazo. Pude sentir un adiós. Te acostaste de nuevo mirando el intenso blanco del techo; el llanto de mis ojos inundaba mi rostro antes seco, quise hablar nuevamente, pero el sentimiento que oprimía mi pecho no lo permitió, te abracé y me quedé dormido.

Desperté y ya no estabas. Descansabas en ese hogar de nuestros sueños. Te había perdido para siempre.

[Marina llamó esta mañana. Habías fallecido. Nos ocultaste el cáncer que se llevó tu vida en 6 meses ¿Hacía tanto que no te veía? Solo permitiste estar cerca a Marina, Rubén y María. Rubén no era tu novio, Marina me lo dijo. Ella Estuvo ahí cuando pasó, dijo que dormías, que despertaste, que sonreíste y le contaste como había estado ahí contigo. En nuestro hogar. Que te ibas a esperarme. Yo no pude hacer nada más que llorar. Lloré y lloré hasta que comprendí que no había sido un sueño. Que me habías dicho tan solo hasta luego y que nos veríamos pronto. Donde quiera que estés, si puedes leer esto, quiero que sepas que te amo].

miércoles, 26 de octubre de 2011

Cuando callas

Te quiero, porque a veces; cuando callas; dices más que cuando hablas.


[El mismo de siempre]

Anoche que dormimos solos

Anoche, soñando, salimos juntos.

Salimos a caminar; había un malecón bonito, muy iluminado, con mucha gente; pero estábamos solos, caminábamos solos.

Yo tenía una bicicleta; bonita, lustrosa, roja, y te invité a subir en ella para llevarte a casa; pero te dio miedo; me preguntaste algunas veces si iba a poder aguantar tu peso y el mío, si tenía fuerza, si llegaríamos a alguna parte, y yo trataba de explicarte que si; trataba de entender porque alababas mi fuerza y el marcado de mis piernas pero no querías subir conmigo en mi bicicleta, a donde quiera que fuéramos no parecías entusiasmada de ir. Creo te daban miedo las bicicletas. Carlos se llevó mi bicicleta y tú y yo caminamos juntos.

Llegando a tu casa traté de darte un beso y agachaste la cabeza y te refugiaste con fuerza en mi pecho, te reíste, y me pediste perdón; yo solo te abracé mientras respiraba el perfume de tu pelo disfrutando de tu abrazo, pero duró poco y mi miraste; te quedaste callada frente a mi sin decir nada; entonces me besaste con uno de esos besos que no saben a nada pero que lo son todo; me besaste con fuerza, presionando tus labios a los míos sin decir nada ni hacer nada, y en ese instante que duro menos que eso me habías besado por fin, solo para decirme que te tenías que meter, que ya era tarde, que hacía frío y te tenías que dormir.

Te fuiste y me quedé ahí, con un palmo en mis narices, que se había puesto fría de tanto frío y mi bicicleta roja que Carlos me vino a dar. Me dejaste ensimismado y sin saber que pensar. Me dejaste y me fui caminando, sin mi bici roja, con ese frío, para ver si en el resto de mi sueño te podía encontrar.

[El mismo de siempre]